Cuando los instantes se borran

Sacamos fotos con la ilusión de retener los instantes felices de nuestra vida. Curiosamente confiamos más en la impronta de la luz sobre una superficie fotosensible que en la intensidad con que esas vivencias quedan grabadas en nuestra memoria. ¡Cuán frágil la sospechamos! ¿Será a causa de la poderosa autoridad de la imaginación científico- tecnológica, que desde el siglo XIX se empeñó en ofrecernos todas las garantías de perennidad? Lo cierto es que hemos llegado a considerar a la fotografía como un reaseguro; un dispositivo alternativo ante la fuga sin retorno del acontecer nuestro de cada día y el vacío que, percibimos va dejando tras de sí.
Perseguimos y apresamos los momentos más sentidos de ese acontecer hasta que advertimos que inevitablemente, las imágenes también nacen y mueren como los seres y las cosas. Curioso que así sea porque el propio nacimiento de la imagen tuvo que ver con la aspiración de exorcizar la muerte. ¿O acaso no se llamó Imago a la mascarilla de cera con que los antiguos guardaban para siempre el rostro de sus difuntos? En la propia raíz de esa palabra, tan significativa para los tiempos que corren, subyace la ambición de eternidad que la fragilidad de la materia, tal como la memoria, se encarga cada tanto de defraudar.
De esta constatación irreversible y sus efectos melancólicos trata el bello libro que Amanda Coimbra concibió para dotar de una nueva vida al grupo de imágenes familiares que remiten a un momento feliz que ya no está. Fatalmente afectadas por el tiempo y la lluvia, esas imágenes tienen que ver con un viaje que renació en el nuevo rumbo que le aportó otro viaje. Tras haber sido guardadas durante largo tiempo por el padre de la artista le fueron confiadas a antes de partir a instalarse en Buenos Aires. Uno puede imaginar lo que puede sentir un padre ante la partida más o menos definitiva de su hija. Un álbum de fotos parcialmente borradas por las aguas de una lluvia torrencial no sólo era parte de un tiempo feliz que había quedado atrás sino que ya ni siquiera servía para volverlo a evocar. Ella, que había estudiado fotografía, seguramente encontraría la forma de poderlas restaurar.
Cuánto de nuestra vida personal queda enredado en los avatares de la tecnología en la cual hemos confiado ciegamente. Y cuánto queda a merced de las inclemencias de la naturaleza a la que creímos dominar. Por años esas imágenes que fueron arrebatadas una noche de tormenta eran parte de una memoria latente a la cual se podía acudir con sólo abrir el viejo álbum de fotos y recorrer pausadamente sus hojas. Solo hacía falta volver a él para que la memoria de los momentos felices volviera a escena.
¿Pero es realmente así? ¿Cuántas veces las imágenes que uno tiene de un acontecimiento pasado se deslizan en un territorio confuso donde no es posible distinguir origen ni procedencia? ¿Cuántas veces confundimos el flujo incierto de la memoria con la estructura icónica de un momento que fijó la fotografía? Como un castigo mítico, la lluvia puso en duda la capacidad de la técnica y la volvió absolutamente inhábil para cumplir el cometido asignado. En tanto el padre de Amanda se había ilusionado con una posible restauración, la artista ya no. Una posibilidad nueva iluminó su horizonte.
No fueron las lágrimas de un otoño porteño sino el agua de una tormenta carioca, reflexionó Amanda mientras recorría esas imágenes de nitidez esquiva una tarde en Buenos Aires. Quizás fue ese particular estado de melancolía lo que la llevó a detenerse en la delicada poesía que afloraba en esas imágenes en ruinas. En los efectos pictóricos de las manchas que deformaban los rostros y subvertían la valorada precisión fotográfica.
De repente ése pasó ser el mayor encanto que ofrecían ante su mirada de artista. O lo que mejor revelaba los rumbos de su imaginación en estado de melancolía. Amanda trabajó con esas imágenes valiéndose de diversos instrumentos de la técnica contemporánea. Las copió y exploró varias instancias de presentación hasta dar con el formato libro que hoy exhiben como álbum de viaje. Una conexión romántica se desprende de la opción elegida ya desde la portada misma. Un paisaje ¿suizo?, invadido por un aluvión pictórico anuncia el clima sutilmente elegíaco que anida en el interior. La nitidez documental del ca a eté (esto ha sido ) de Roland Barthes terminó por sucumbir ante la fascinación de la acción pictórica aportando una estética de otro orden orientada más hacia la experiencia subjetiva que a la realidad objetiva. Así no es por mero azar que Amanda Coimbra encuentra compañía en el sistema de afinidades que agrupa las preferencias de quienes hacen uso de la fotografía en el arte contemporáneo. Allí es donde los modos de producción propios de la pintura se han impuesto en las prácticas fotográficas mucho más de lo que se piensa. Un régimen de composición y valoración de la intervención del artista antes y después de la acción de la cámara ha superado las formulas que fetichizó la fotografía moderna. El modelo narrativo que Amanda Coimbra elige es también un síntoma de estos tiempos que hacen caso omiso del pecado de hibridez.
A partir de él la artista logra introducirnos en los ensueños que se apoderan del hombre que medita, como escribió Bachelard. Cuando los instantes se borran, lo pintoresco se decolora, la hora no suena ya y el espacio se extiende sin límites.

Ana María Battistozzi
Buenos Aires, Agosto 2016

Gastón Bachelard “La inmensidad intima” en La poética del espacio , México Fondo de Cultura Económica 1986. Pp 226.

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